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Relatos Cortos de Terror (Microrrelatos)

Niña fantasmal de aspecto siniestro y tenebroso que flota en un pasillo mientras sostiene un muñeco.



Día de los Inocentes.

Era 28 de diciembre y el payaso caminaba lento y de forma graciosa, los enormes zapatos y el ancho traje no representaban ninguna molestia al moverse, ya que en realidad él disfrutaba de ese nerviosismo y esa expectativa que sentía antes de llegar al lugar de su espectáculo. Se imaginaba la cara de los niños, la gritería y el bullicio, al igual que los rostros sorprendidos de los padres; así que dilataba con toda la intención su llegada mientras disfrutaba con parsimonia de sus pensamientos. Una torcida e inmensa sonrisa se cinceló en su colorido y maquillado rostro, de aire melancólico y simpático, mientras fantaseaba. Observaba el papel donde tenía anotada la dirección y de forma diligente, miraba a todas partes verificando la ruta. Por fin se detuvo frente a una casa. De la parte posterior llegaba la risa y la algarabía de voces infantiles, la música y todo ese fandango propio de una fiesta. Ya había llegado a su destino. Tomó aire para calmarse y lo expulsó mientras soltaba los hombros en una guisa de ejercicio de relajación. Finalmente tocó el timbre. Al poco rato, una señora muy bien parecida y de rostro amable, lo recibió sonriente.

- ¡Ah, pero qué bien que ya llegó! Le estábamos esperando. ¡Pase, siéntase en casa! Voy a anunciarlo a los invitados, ¡así que prepárese para hacer su mejor entrada!

Aquellas palabras le gustaron mucho y decidió tomarlas al pie de la letra. Entró dando saltitos un poco tontos pero realmente chistosos y alegres, mientras la mujer se dirigía presurosa al lugar de la reunión, desde donde el payaso pudo escuchar:

«¡Niiiñooos, atención! ¡Vengan todos acá al centro del patio, por favor!… Cariño, sé tan amable y baja un poco la música… ¡Niños les tenemos una sorpresa! ¡ADIVINEN!»

El payaso metió la mano derecha en uno de los anchos bolsillo de su holgado traje y acomodó con cuidado un enorme cuchillo aserrado que traía escondido adentro de las telas; a continuación, quitó el seguro del arma nueve milímetros que tenía en otro de los bolsillos mientras se saboreaba, sórdido, con un rictus sádico... Luego, los horribles e inhumanos hechos que sucedieron después, serían tristemente conocidos como  «La Masacre del Día de los Inocentes».




 Tadaimá.

Eran las once de la noche cuando llegué a mi casa. Me sorprendió mucho encontrar las luces apagadas y todo sumido en un extraño silencio, cuando por lo general mi esposa tiene la televisión encendida si es que no está escuchando música. Encendí la luz para ver un poco mejor y noté estupefacto que el salón estaba revuelto, como si hubiese habido algún ataque o pelea. Preocupado, llamé a mi esposa pero no me respondió. Subí atropelladamente hasta la habitación y, mientras me acercaba, escuché sollozos que provenían de ahí y noté que salía una débil iluminación que le daba al pasillo un aspecto lúgubre. Entré como una tromba y pude ver a mi esposa vuelta un ovillo en la cama, llorando entre estertores y muy asustada. Me acerqué a ella y traté de calmarla abrazándola. Le pregunté qué había pasado, pero ella no me respondía... y al rato, con la mirada perdida, balbuceó: «¡Por lo que más quieras, no veas en el armario!». Sin comprender por qué me decía aquello, la besé en la frente e intrigado me dirigí al armario, temeroso y con cierto recelo. Al abrirlo, vi con horror que adentro estaba  el cadáver  destripado de mi esposa con una horrible mueca de terror en su pálido y desencajado rostro. Sin reponerme aun, escuché a mis espaldas una risa macabra y espantosa que me erizó la piel y una voz gutural, como salida del mismo infierno, que me susurró: «¡Te advertí que no miraras, cariño, ahora no vas a escaparte!». Seguidamente oí el horrísono  sonido de unas pezuñas que se arrastraban de manera espeluznante tras de mí. Aunque el terror me paralizaba, de manera instintiva volteé hacia la cama… estaba vacía.  




Ley del Talión.

No sé cómo, pero nos habían atrapado. Aquellos policías nos estaban siguiendo la pista luego de que secuestráramos a aquel comerciante italiano y lo asesináramos, para luego descuartizarlo. Recuerdo que la cabeza y las manos las lanzamos bajo un puente, en un sector de la ciudad. Aunque la familia nos pagó el rescate de novecientos mil dólares, uno de mis dos compañeros se empeñó en torturar y matar al hombre, no sé porque razón y la verdad a mí me dio igual lo que hiciera, solo quería mi parte del botín. Pero ahora, yacíamos maltrechos en la habitación destartalada de una casucha en las afueras de la ciudad, con poca luz, amarrados y acostados en una mesa improvisada con tabas y bidones.

Los policías hablaron entre ellos, luego uno se me acercó y me dijo:

- Por tus manos, la familia del tipo que mataste, nos están ofreciendo en un negocio extraoficial la cantidad de  quinientos mil dólares. Pero si tienes un millón para negociar,  te dejamos libre y no te hemos visto… ¿Tienes el millón?

¡Que irónico!, yo había cobrado por mi trabajo trescientos mil dólares apenas y ahora mis manos valían quinientos mil. Se notaba que aquella familia nos tenía mucha rabia, por decir poco.

Con una sonrisa le respondí que no los tenía… no, no fue una sonrisa, fue una mueca, mientras me reía como un demente asmático. Le repitieron la misma pregunta a cada uno de mis compañeros. Luego de eso nos amordazaron la boca.

- Bueno, pajarito, como no tienes la plata, entonces prepárate…- me escupió uno de los policías mientras tomaba una sierra y la acercaba a una de mis muñecas. Otro me sostuvo el brazo. – Lo haré con cariño, no te asustes – agregó con risa burlona.

Mientras empezaba su carnicería y un dolor agónico me hacía su presa, pensé fugazmente en que mis manos iban a tener un destinatario, pero no pude evitar preguntarme si alguna vez mi cuerpo llegaría a ser encontrado.




Duda Angustiante.

Esa anoche, después de la fiesta, me acosté cansado y me acomodé, como siempre, en el lado que había escogido para dormir en aquella gran cama. Mientras dormía, pude sentir en mi somnolencia como se acostaban a mi lado y se recostaban de mí. Por un momento sonreí. Y no sabría decir qué fue lo que luego me hizo entrar en shock y abrir los ojos desmesuradamente, aterrado, mientras mi corazón latía desesperado; si fue sentir aquellas manos heladas que me agarraban o recordar que yo vivía solo.




La Niña.

La niña gritaba y gritaba y protestaba incansablemente y no se calmó, hasta que me levanté de su tumba donde me había sentado por unos instantes a descansar, en aquel cementerio donde yo trabajaba en el área de mantenimiento. Y ahora, después de eso, todas las noches levita inmóvil, siniestra, sombría y tenebrosa frente a mi cama mientras trato de dormir.



Relatos Cortos de Terror - CC by-nc-nd 4.0 - A. Gaudionlux