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Historia de un deseo.

Imagen erótica en blanco y negro de una chica desnuda con las piernas un poco abiertas con una fresa roja en su pubis visto desde la perspectiva de ella enfocando más abajo del ombligo.
Imagen by Biskvitka

























Desde este rincón, vaya a todos(as) mis lectores(as) un cálido abrazo. Retomando un poco mis publicaciones, hoy deseo compartir con ustedes un relato de erotismo suave con el que incursiono en este género, esperando sea del agrado de tod@s. De manera que debo advertir que este no es un relato apto para menores de edad, así que niños que puedan andar por acá curioseando, por favor, mejor vayan a leer Flor de Mayo, jejeje...

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        La conocí por casualidad, por cosas de negocios. Trabajábamos en la misma empresa aunque en  ciudades diferentes, pero el internet es un pañuelo que nos acerca más de lo que podemos imaginar. Empezamos compartiendo tips de productividad, de ventas, de finanzas… y cuando nos dimos cuenta, éramos amigos, nos contábamos nuestros problemas y nos dábamos apoyo en la distancia… Ella era una chica maravillosa, especial. A pesar de su edad (yo se la doblaba) era muy centrada y madura… y la verdad, ella empezó a gustarme desde el principio; me cautivaron su inteligencia, su don natural para el liderazgo y su empuje. Son cualidades que admiro y en ella se expresaban abiertamente.

Creo que fue eso lo que hizo acercarme, me fascinaba verla siendo ella en su medio y poco a poco, a medida que la conocía, en mí iban surgiendo sentimientos y anhelos que no podía ignorar. De ningún modo he sufrido de alguna crisis de edad, de manera que no me atraía su juventud como tal, no… me atraía su esencia, su maravillosa forma de ser.

En nuestras conversaciones empezamos a ser más íntimos, más cercanos; me brindó su confianza y empecé a descubrir un paraíso en su alma. Poco a poco el deseo del uno por el otro fue creciendo y mi necesidad de ella empezó a punzarme de forma latente. Era una chica tímida, tal vez algo inexperta, pero no era ninguna tonta, tenía esa mezcla embriagadora de picardía e inocencia que me seducía y en una de nuestras ricas veladas, me confesó que jamás había sentido un orgasmo estando con una pareja y que ansiaba poder experimentarlo.

Aquello disparó fantasías exquisitas en mí. Yo anhelaba ser el que lograra transportarla al clímax de un final divino. Así que le propuse vernos… y no veía el momento de poder estar frente a frente para demostrarle la manera tan sublime de cómo había calado de manera profunda en mí. Además, ella correspondía exquisitamente a mis deseos.

Las mujeres son un misterio infinito, hasta para sí mismas, por ello no debemos enfrascarnos tratando de encontrar respuesta para algo que nadie en el cosmos tiene. Las mujeres son un enigma para Dios mismo y la única forma de encontrar el camino al Edén, es amándolas intensamente.

Así empecé a amarla, aunque era un sentimiento que prefería no acariciar por razones de acuerdos mutuos, pero sabía que en algún lugar de mí, una porción de mi corazón le pertenecía y así sería por siempre, porque nada podría destruir el altar que con trozos de ilusión y amor forjado, había construido para adorarla.

Cuando por fin nos vimos por vez primera, mi corazón se detuvo en un tiempo más allá de lo insondable y lo finito, mis ojos solo tenían campos para ella y mi alma sonreía a través de mi aliento. Nunca olvidaré su mirada, ni su abrazo, ni su perfume… ni aquel dulce y delicioso beso que me hizo salir del trance en el que estaba para caer en otro más provocativo y apasionado.

Cuando estuvimos solos, cómodos, después de una comida ligera y unas copas, conversamos no recuerdo sobre que, solo recuerdo su boca como fruta incitante, dejando salir notas de melodías que iban atrapando mis fuerzas y mi control… solo recuerdo sus bellos ojos preguntándome  qué estaba esperando yo para tomarla, o eso quería creer… Me aproximé más y tome suavemente un mechón de su cabello y lo acerqué a mí para sentir su aroma y besarlo, a la vez que mi otra mano acariciaba el contorno de su bello rostro. Uno de mis dedos empezó a dibujar la línea de su nariz y luego la de sus labios, ella me miraba y yo solo deseaba perderme ahí, en sus ojos. Mi boca buscó la suya y encontré un paraíso sublime de carnosa miel. Mi lengua trabó un travieso y excitante juego con la suya y mientras más bebía de su elixir, más me embriagaba de su encanto.

Perdí la noción del tiempo  siendo presa de sus besos, los cuales me extraían y me devolvían la vida en intervalos de locura. Pero yo tenía un propósito y era amarla como ningún otro, así que los besos que yo le retribuía fueron bajando palmo a palmo por su cuello, para deslizarse hambrientos hasta sus hombros descubiertos. Mis manos la acariciaban con suavidad, acariciaban su espalda, sus costados y luego empezaron a danzar sobre su pecho después de abrir por completo su blusa, al tiempo que mis labios hacían lo suyo en sus hombros. La incliné un poco para desabrochar su sujetador,  dejando en libertad dos hermosas y redondas colinas donde mis ansias comenzaron a escalar sin rubor. Mi boca empezó a recorrer su pecho, al mismo tiempo que mis manos ya apresaban sus turgentes senos y, antes de que sus gemidos empezaran a desnudar mi excitación, mis labios se posaron en uno de ellos con deleite, chupando su calor y su sinuosidad. Cuando tomé su pezón endurecido y firme entre mis dientes con suavidad,  mientras mi lengua rozaba húmedamente  la parte atrapada dentro de mi boca, mi adorada empezó a agitarse de forma sensual, su respiración se aceleró y supe que había encontrado su punto débil.

Ella trató de detenerme sin éxito, creo que aquellas sensaciones la hacían sentir que perdía el control de sí, pero mis lamidas y besos en su punto débil no solo la hacían enloquecer de placer, sino que minaban toda su resistencia. Paré de estimularlos para besar su boca, esa boca cuyos gemidos me deslizaban en un tobogán de deseo y frenesí.

Estuve un rato jugando y embelesándome ricamente con sus senos exquisitos y curvilíneos, besándolos, chupándolos y acariciándolos en todas las formas que se me ocurrían, unas suaves, otras rudas… y de cuando en cuando mis manos se escapaban de su área para explorar vientre abajo, así como también a sus muslos. Luego mi boca prosiguió su peregrinaje, descendiendo por su cuerpo.

Aquel  instrumento merecía ser tocado con delicadeza y mística para que su melodía fuese arrebatadora al oído del amante entregado. Cual hábil pianista, mis dedos mimaban su piel, mientras mis labios, incansables, no perdían pisada de las invisibles huellas de la fragancia que sus poros iban dejando para mí.

Su tibio y estremecido cuerpo inspiraba ardientes versos que mi boca recitaba con afables suspiros. Si su vientre era mi parque, entonces mis labios y dedos eran niños correteando por doquier. No podía evitar mirarla febril mientras ella recibía cada caricia, cada beso, cada mimo, cada acto de adoración de mi parte, con un sensual placer que transitaba toda su temblorosa y jadeante humanidad. Sus ojos cerrados me indicaban con cuanto gozo lo estaba disfrutando y se mordía las apetecibles fresas que formaban su deliciosa boca de manera muy voluptuosa.

Tantos sentimientos se agolpaban en mi pecho, pensamientos vertiginosos en mi mente, que a veces me sentía como halado por ocultos hilos desde alguna parte remota. Yo la amaba, sentía que eso le demostraba con cada movimiento que hacía… ella, mujer imposible… divino y misterioso enigma vestido con una ajustada y provocativa falda.

No sé en qué momento desapareció dicha falda, dejando al descubierto unas torneadas piernas ataviadas con unas medias de transparente tela negra y bastantes sexys que las cubrían hasta los muslos. Ahora solo una sugestiva y sensual braguita era lo único que se interponía entre mis labios y su jugosa fruta.

Volví a mis caricias, mi boca empezó a descender desde su vientre hasta su pubis, a la vez que mis dedos acariciaban sus muslos hacia la parte interna de ellos. Ella respiraba más agitada, sus manos tomaban mi cabeza como tratando de retenerla pero al mismo tiempo guiándome. Cerró las piernas de forma involuntaria cuando mis labios se posaron sobre su flor por encima de la tela de la braga, la cual sentía empapada de su esencia y su aroma fascinante despertaba mis instintos más salvajes. Con suavidad, empecé a quitarle esa última prenda. Ella, nerviosa, no sabía qué hacer con las manos;  por momentos me sostenía las mías, otras las llevaba a sus pechos, otras se aferraba a las sábanas. Sonreí con picardía, mis ojos se conectaban con los de ella en una intensa conversación sin inflexiones… no solo veía el fuego en su mirada sino que lo sentía arder en su piel. Cuando retiré del todo el pequeño pedazo de tela, tomé sus piernas y las aparté suavemente, abriendo ante mí la entrada de su húmedo y suculento paraíso. Mis labios empezaron su nueva travesía por la parte interna de sus muslos, camino adentro, mientras ella, erótica, se sacudía y temblaba de deseo… luego comencé a besar su pubis depilado y mi lengua empezó a retozar en los sonrosados pétalos de aquel fruto divino que yo comparaba con la metáfora de una hermosa fuente de ambrosía.

Ella dio un respingo al sentirme serpenteando ahí. Le acaricié los muslos y las nalgas para tranquilizarla y la acomodé mejor, haciendo que se acostara boca arriba para que estuviese más cómoda y se brindara como quisiese. Aproveché el  momento para besarla de nuevo con fruición y deleite, sintiendo como se detenía el tiempo junto con mis latidos, devolviéndome luego ella a la vida con sus labios. Le dije al oído lo divina  que estaba  y que me  encantaba lo jugosa  que la tenía... Eso la calmó  por una parte pero encendió más sus ansias y, sosteniéndome la cabeza, me guió bajando hasta su sexo, donde mi lengua procedió a recorrer sin prisa sus carnosos laberintos y a lamer su sonrosada entrada que se me antojaba más y más mojada, bebiendo de su cáliz complacido y feliz… Sus jadeos y gemidos no se hicieron esperar, toda ella era una fiera fogosa dejando salir su ímpetu, su arrebato. Se aferraba a las sábanas y se entregaba deliciosamente a mi boca, que no paraba de succionar, de besar y lamer ese manjar que me tenía enhiesto y excitado a más no poder, pero yo trataba de no perder el control porque quería satisfacerla como nunca antes nadie lo había hecho.

      Luego de saborear toda su fruta, me enfoqué en estimular el punto vital de aquel microcosmos. Sin reparos, mi lengua empezó a trazarle círculos y zetas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda para luego atraparlo entre mis labios. Sus sensuales y encendidos gemidos eran música para mis oídos y pensaba que me haría llegar en cualquier momento con solo escucharla hacerlo de esa manera tan ardiente. La erótica melodía de sus apasionados jadeos, grititos y suspiros vehementes me encendían a mil y me hacían desearla y querer poseerla sin medida. Yo podía sentir como su fuego brotaba por cada poro y podía sentir a su corazón latir ahí, en esa puntual zona turgente y sobresaliente que le lamía con delirio, mientras ella experimentaba que su ser explotaba de puro placer como si muriera en delicioso éxtasis de rica agonía, para luego volver a la vida con un divino e intenso cosquilleo, que se convertía en una sabrosa corriente eléctrica que recorría su espalda erizándola y estremeciéndola.    

Pero no me detuve en mis avances, no paré de chupar, besar  y consentir aquel botón firme y endurecido que ahora parecía convertido en un segundo corazón. Mis dedos también  jugaron a penetrarla, descubriendo lo estrecho y palpitante de sus empapadas y fogosas entrañas que recibieron, deseosas, mi rico e impetuoso estímulo, entre tanto ella movía sus caderas de forma rítmica en una cadencia enloquecedoramente excitante, a la vez que casi sin aliento, me decía cosas que me incitaban y me provocaban más… Y antes de que me hiciera consciente de la situación, aquella diosa se brindó aún más, me apretó con sus manos contra ella, arqueó su espalda y cerró en un arrebatado reflejo sus muslos como dos puertas, atrapando mi rostro,  mientras que un profundo, delicioso y espectacular gemido se escapaba como un suspiro de sus labios, que no paraba de morder, al tiempo que un intenso orgasmo la hacía suya, transportándola al cenit del paroxismo de un húmedo y divino clímax.

Después de aquella explosión de placer, sentí su cuerpo relajarse y caer en un letargo divino, bien merecido, mientras su pecho sudoroso y agitado trataba de reponer el ritmo normal de su respiración… sus muslos sacudidos que todavía sujetaban mi cabeza me liberaron y entre jadeos y temblores, entrecerró sus ojos y se abandonó a la sensación de plenitud y satisfacción mezclada con la somnolencia que la embargaba. Noté que sonreía y aunque no atinaba a decir nada, me obsequió una de las miradas más dulces, hermosas y apasionadas que nadie me haya dado… tal vez fue su manera de darme las gracias por hacerla experimentar su primer orgasmo en una relación sexual, no lo sé, no intentaba comprenderla, solo quise amarla… ella, mujer imposible… divino y misterioso enigma que ahora yacía desnuda, jadeante y estremecida junto a mí.

La miré con ternura, acariciándola con delicadeza mientras se terminaba de reponer. Por mi parte yo me sentía feliz, campante por haber podido ser el primero en haberla hecho llegar ricamente al éxtasis con mi boca, donde aun sentía con gusto, el sabor de aquel delicioso trofeo.

Luego nos abrazamos un rato y nos fundimos en un tórrido y apasionado beso…  no me pregunten cuanto duró, porque yo sentí que me elevé  más allá de la vía láctea, a un plano  donde el cielo y la tierra se tocan en un amanecer infinito y el amor y la carne se hacen uno con la luz.

Ella me miró entonces, otra vez, con aquella picardía juguetona que disparaba mil fantasías en mí y su bella sonrisa llenó todos los vacíos de mi ser. Con aire coqueto y sensual, se acercó a mi oído mientras su aroma de hembra me embriagaba de nuevo por completo. Con seductora voz y un gesto que se me antojó voluptuoso, me tentó haciendo una petición incitante a la que simplemente no pude resistirme:

«¡Mi vida, yo quiero más…!»

Pero esa, es otra historia…



Imagen gif erótica de una sensual chica recostada en una cama en posición de perrito siendo estimulada desde atrás mientras las manos de su pareja le acarician toda la espalda hasta la cintura





Historia de un deseo. - CC by-nc-nd 4.0 - A. Gaudionlux