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Flor de Mayo

Imagen de la silueta de una hija caminando con su madre y a un lado, dos hermosas flores holográficas, todo sobre un fondo violeta.






















Hace  ya  mucho tiempo, cuando todavía las brumas mañaneras pintaban con su fría escarcha  todo  el  matizado paisaje, alegrado desde temprano por el canto de los gallos, en una vieja casa  de una remota vecindad, vivía una humilde mujer con su pequeña hija de pecosos cachetes, sonrosados como la silvestre guayaba.

Muy  temprano, la madre salía a trabajar para ganarse el pan para ella y para María, que era el nombre de la  pequeñuela,  y  se dirigía con su cesta de empanadas y bollitos a la calle,  donde  pregonaba  su  deliciosa mercancía  y la ofrecía con una sonrisa encantadora a todo aquel que pasara; así conseguía algo de  dinero  para subsistir  y comprar lo poco que tenían. Todos la conocían y sabían que era una mujer honesta y honrada;  que  a pesar  de su pobreza material, tenía una gran riqueza espiritual que le daba las fuerzas y  el  ánimo para levantarse con el sol cada mañana y  no flaquear ante la vida.

Cuando  María  cumplió los siete años de edad, la madre la llevaba con ella a los sitios  donde  pregonaba  la humeante comida a fin de que aprendiera todo lo relacionado con el oficio. Pero a pesar de lo duro que trabajaba la  mujer, lo que ganaba era muy poco y apenas alcanzaba para la comida de ella y María y para alguna  que  otra cosa.

Y así fue creciendo María, sin poder ir a la escuela (aunque su madre le enseñó lo poco que sabía y la  educó convirtiéndola  en toda una señorita), ayudando a su madre en los quehaceres y sobre todo, aumentando cada  día más  en belleza. Las pícaras pecas de sus cachetes habían desaparecido dando paso a una rosada tez tan suave  como la seda, sin embargo todos la llamaban «la pecosita», que era como le decían desde niña, sin que esto la molestara en lo más mínimo.

Y  siguió  transcurriendo  felizmente el tiempo, hasta que María se convirtió en una  hermosa  doncella  de  larga cabellera  castaña, quien ahora se encargaba de la venta ya que su anciana madre no contaba con la fuerza  y  la lozanía de su pasada juventud.

Pero  un día, llegó a aquel pueblo un tacaño mercader con intenciones de radicarse y amasar más fortuna de  la que tenía. Egoísta y vanidoso, siempre le gustaba ver satisfechos sus caprichos.
Montó su tienda, donde regateaba hasta más no poder con quien fuera a comprarle, a fin de quitarle un poco más  de  la cuenta, y robaba y especulaba bajo la mirada indiferente de las autoridades a quienes había  «contentado»  con una buena tajada de sus ganancias. Y como María siempre pasaba frente a las puertas de la tienda,  pregonando  con su voz angelical la irresistible mercancía, el mercader de marras se fijó en ella y quedó locamente prendado de  su belleza. Muchas veces quiso atraerla ofreciéndole cosas, proponiéndole comprarle,  si era necesario,  toda la  mercancía,  pero  María  siempre lo evitaba haciéndose la indiferente.  El  mercader  malasangre  quedó  muy frustrado ante la antipatía de quien era su adoración y, por ello, urdió un plan para poder acercarse a ella.

Un  día  la anciana madre llegó muy contenta donde María y esta, al verla así, quiso indagar el  porqué  de tanta alegría.

-¡Ay, hija...! ¡Es que vengo tan apurada que me falta el aire...!

-Bueno, mamá, cálmese. Respire profundo y cuénteme que la trae tan agitada.

-¡Ah, María! Es que vengo de la tienda de Don Osura...

-¿De la tienda de Don Osura...? ¿Y por esa razón está tan contenta así?

-¡Nooo, hija...! Lo que pasa es que Don Osura me dio trabajo.

-¡¿Quéééééé?!  ¿Qué Don Osura le dio trabajo?... ¡Pero bueno, mamá, cuál es el  empeño suyo  de  estar trabajando! Además, ya usted está mayor y no debe de andar preocupándose por eso...
-María, por Dios, yo estoy vieja pero no es para tanto. ¡Alégrate!, mira que ahora con este  trabajito  si podré enviarte a la escuela.
-Mamá, yo estoy ya muy grande para ir a un colegio...

- ... Nunca es tarde para aprender, hija... –refutó la anciana con un ademán de quién dice algo importante.  

-Bueno, está bien, tiene razón en eso... pero usted ya se ha ocupado bastante de mí, siempre estuvo  pendiente de mis cosas, cumplió con su labor de madre y me enseñó mucho con eso. Tengo  mucho que agradecerle;  sus sacrificios, sus desvelos, su preocupación. Ahora quiero que usted se quede tranquila y descanse mientras yo  me ocupo de todo, que para eso ya soy una mujer... Además, ese Don Osura no me da muy buena espina.
-Sí, yo también pensaba lo mismo, pero creo que después de todo no es tan malo... y también el  trabajo  es sencillito, solamente debo contar los sacos y costales que entran nuevos y anotarlos en un cuaderno para tal fin... ¡y me va a pagar muy bien! Podremos comprarnos algunas cositas-. Dijo la anciana mientras su cara se iluminada con una sonrisa bañada de ilusión.
-¡Caramba, mamá, usted sí que es terca! Por lo visto no voy a poder hacerle desistir...

-Pues no, fíjate... y a propósito, ¿cómo van las cosas entre tú y Luis...?

María sonrió con picardía, sus ojos almendrados se iluminaron haciéndose más bellos.

-¡Aaaayy, hiiijaaaaa!... Esta vez como que sí te sonaron campanitas y violines.

-¿Sabe, mamá? Cada vez que lo veo, siento como unas maripositas aquí en la barriga...

María hablaba con la cara radiante, hecha un sol; su madre la miraba enternecida y nostálgica, pensando en como su pequeña hija ahora era toda una hermosa mujer. Ambas conversaban de lo más entretenidas del nuevo trabajo que venía «como caído del cielo» sin percatarse de que ese había sido el plan del mercader: contratar a la madre para tener oportunidad de enamorar  a  la hija... Así pasó el tiempo, la anciana madre trabajando, el mercader tratando de impresionar a María y esta, cada vez  más enamorada del sortario Luis. Pero un día, la anciana, agobiada por la edad y maltratada por los  golpes de la vida, cayó muy enferma en cama; el Dr. González después de auscultarla, no le dio a la temblorosa María un diagnóstico muy tranquilizador: la anciana podría morir en cualquier momento.

María,  desesperada  y llorosa, rezaba al cielo para que no se llevaran al único ser que  siempre  estuvo  con ella,  cuidándola,  amparándola  bajo su sombra. Pero a medida de que la gravedad de la  anciana avanzaba, caso curioso,  también la rosa, una rosa que desde hacía tanto tiempo ella había cultivado con mucho amor,  empezó  a marchitarse poco a poco, hasta quedar totalmente seca y encogida; como en postrer signo de solidaridad  con  su única  dueña.  Cuando la moribunda anciana  llamó a María a su lado, esta enjugó sus lágrimas a fin  de  que  la vieja no se percatara de que había estado llorando y en forma serena y sonriente, se acercó. La madre,  con la voz apenas audible y entrecortada por el esfuerzo, pero muy serena le dijo:

-María... debes... debes ser fuerte, yo ya no puedo acompañarte más...

-Mamá, por favor, no digas eso. Tú te vas a poner bien, ya verás.

-Nooo...  Ma...  María... óyeme... Eres mi hi... hija y te quiero mucho... no  te...  te  abandonaré  nunc... nunca... mi niñita, aún desde el cielo te prote... protegeré. Agarra mi rosa… y llévala  a  mi  tumba... déja...déjala allí dos días y lu...luego búscala...
-Por favor, mamá, no te esfuerces tanto. Descansa...

- O...  óyeme bien, María... después de los dos días... los dos días, búscala... tráela contigo que  mi...  mi alma  estará  en  ella...  y así podré... podré seguir velando por ti, hija...  Dime...  dime  que  lo  harás... prométeme que lo harás...
-Sí, mamá - dijo María con voz quebrada, no pudiendo contener por más tiempo el dolor reprimido en  su  pecho, mientras cristalinas lágrimas brotaban de sus bellos ojos almendrados. -Sí, mamá. ¡Te lo prometo!
Y  luego  de  ello,  la anciana madre expiró. La hija quedó muy triste después  de la partida de su mamá,  aunque  no  andaba cabizbaja y siempre sonreía cuando le ofrecía una empanada a un transeúnte; pero sus bellos ojos almendrados  dejaban asomar  un  hálito  de tristeza. Y María, a pesar de todo, cumplió la promesa hecha a su madre  y  buscó  la marchita  rosa  que, para su sorpresa, estaba viva y radiante, como si hubiese resucitado… Ella entonces le  dio  todos  los cuidados e inclusive,  la llamó por el nombre de su fallecida madre... y es que en  cierta  forma  encontraba alivio y compañía en la rosa; a lo mejor eran figuraciones de ella, pero cada vez que soplaba el viento,  a María le parecía escuchar entre el murmullo de las hojas que se mecían en un vaivén parsimonioso, el llamado que le hacía su mamá cuando ella apenas era una niña.

Y a todas estas, el ruin mercader aún seguía empeñado en lograr, aunque fuera por la fuerza, el amor de María. Así que  un día de tantos se presentó en casa de ella dispuesto a confesarle su ardiente amor. María le rechazó espantada  y de manera instintiva,  buscó protección detrás de la rosa, la cual empezó a moverse en forma extraña cuando el  viento empezó  a soplar a través de ella. Ante este nuevo rechazo, el mercader montó en terrible cólera. Y escupiendo maldiciones con los ojos enrojecidos y desorbitados, le gritó con infernal voz:

-¡¿Es que acaso osas rechazarme por el infeliz ese de Luis?!

-¡Pues sí! ¡Te rechazo rotundamente porque mi corazón solo le pertenece a él y solo la muerte podrá cambiar eso! -le espetó María en la cara con indignación y valentía.

«Entonces, si solo  la  muerte puede cambiar las cosas, que así sea...», pensó el degenerado mercader para  sí.  Y  más  furioso  que  nunca  se  abalanzó  contra la asustada  María que interpuso  la  rosa   en  el  medio.   El mercader enceguecido  por  la rabia y los celos, tomó la rosa entre sus manos y la batió con furia al piso al  tiempo  que María  trataba de protegerla sin resultados y le rogaba que no lo hiciera. Pero apenas la maceta se hizo  añicos contra  el suelo, un ensordecedor y terrible trueno surgió entre las entrañas mismas de la  naturaleza,  haciendo que el ahora tembloroso mercader, quedara paralizado de la impresión. Apenas se hubo repuesto del susto y mirando con ojos desconcertados a María, quien recogía con premura la tierra esparcida y trataba de recomponer la rosa, se marchó jurando no poner más nunca los pies en esa casa.

Después  de  aquella pesadilla, María acomodó la rosa en una maceta más grande y dio gracias al cielo y  a  su madre por haberla ayudado a salir ilesa del asecho de aquel peligroso hombre.

Pero el detestable mercader no pudo dormir tranquilo después de la confesión de amor de María; se le carcomían las entrañas de solo pensar que ella sería de otro y no de él. De manera que maquinó un macabro plan a fin  de eliminar  a  su  rival  y así no tener competencia. Y poniendo en marcha  lo  que  había  tramado, contrató unos matones para que dieran muerte al amado de María: el joven Luis.

Pasaron  los días... y en la noche pautada, los esbirros interceptaron a Luis, matándole. Esa oscura  noche,  María soñó  que  se encontraba en una tormentosa cumbre, azotada por un huracanado viento que  rugía  feroz,  mientras grises  y  densos  nubarrones caían pesadamente, ennegreciendo el lugar, hasta chocar con  violencia  contra  el abismal vacío. Pero a pesar de la poca visibilidad y de lo accidentado del lugar, María logró divisar la hermosa rosa que le había dejado su madre... Con supremo esfuerzo se acercó a ella y cuando estuvo a su lado, como surgida de un maravilloso cuento de fantasía, su anciana madre emergió de la rosa, más linda y preciosa que nunca.

-¡Mamá, eres tú... pero si te ves tan hermosa con tu traje azul...!

La venerable anciana sonrió con dulzura, pero un relámpago de preocupación empañó su serenidad.

-¡Hija, debo prevenirte...! ¡No vayas a la cumbre donde el viento te contesta, no vayas...!

-Mamá, pero… ¿qué cumbre es esa, qué sucede...?

-¡No vayas, hija... la cumbre donde el viento te contesta... no vayas, siempre llévame contigo, hija...!
-¡Mamaaá, por favor no te vayas... maaamaaaaaá...!

Y despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole desesperadamente... ¿Qué habrá querido decirle su madre  con aquel  sueño...?. Pero un sobresalto la sacó de sus cavilaciones cuando una piedra cubierta  con  un  mensaje irrumpió  en  forma violenta, volviendo añicos el vidrio que le sirvió de puerta. María leyó y releyó  el  tosco mensaje que le decía que si no se presentaba de inmediato en la Cumbre del Eco, su amado Luis moriría. 

Con  el corazón en la boca, la pobre María no se imaginaba que aquello era una mentira del diabólico  mercader que solo ansiaba que fuese a aquella cumbre para amenazarla de muerte si no aceptaba su amor maldito. Desesperada, María se olvidó de todo, inclusive del sueño y, tomando la rosa, se dirigió en frenética carrera a la Cumbre del Eco.  Y  mientras corría, le hablaba a la rosa, rogándole a su madre que protegiera a Luis, sin imaginarse la pobre que la sangre ya no corría por las venas del joven que más adoraba.

Llegó sofocada y tambaleante. Un grito de dolor, que se hizo más profundo y duradero por el eco de la  zona, rasgó el nocturno silencio de la cumbre cuando divisó entre la maleza el cuerpo frío y sin vida de Luis. En ese momento, el terrible mercader que estaba agazapado como un animal de caza, saltó sobre la  aterrorizada María que, en su desesperado intento de huida, dejó caer la rosa de sus manos. Corrió agitada, el miedo se mezclaba con la oscuridad de la noche, entorpeciéndole las piernas, dificultándole por completo el camino. Sí, corrió hasta que un chasquido a sus pies le indicó que había llegado al borde del precipicio de la Cumbre del Eco... entonces  recordó  el sueño con su madre y comprendió las palabras de ésta. Acorralada y sin salida, miró con horror como el mercader transformado en un monstruo se abalanzaba sobre ella. Sus piernas no pudieron  soportar  por  más tiempo  el  peso  del  terror y María se desplomó, llorosa, al tiempo que imploraba a su madre desde lo más profundo que la ayudara. Y como si sus ruegos hubiesen sido escuchados, un  repentino  y  tempestuoso  viento comenzó a soplar por el lugar y la rosa se encrespó, airada y el murmullo entre sus hojas se hizo más fuerte.  El boquiabierto  mercader contempló como una luz azulada comenzaba a emanar de la agitada rosa cuando de pronto, un fuerte  golpe huracanado fue escupido con estrépito de la iridiscente luz, desequilibrando al mercader que también se encontraba en el borde del precipicio, casi sobre la acurrucada María, arrojándolo al dantesco  vacío donde  se  despedazó  entre los cortantes riscos, oyéndose un horrísono chasquido que el eco  repitió  hasta  el infinito.

De esta manera cuenta la historia como la madre salvó a María de las manos del perverso mercader Osura, el cual  murió como un perro cualquiera...  pero después de aquello, María no volvió  a  ser  la  misma.  Su  alegría desapareció, su actitud expresiva se transformó en una introversión silenciosa, distante, ajena... Y así  vivió; callada,  sola, cuidando siempre de su única compañía: la rosa. Hasta que el inexorable tiempo la  convirtió en una callada anciana... una anciana en cuyos ojos se leía el trágico drama vivido en su juventud. Y  nadie  sabe cuándo se apagó su vida porque un día, en el que un afligido sol iluminaba con gris penuria, la encontraron muerta; en medio de la soledad, donde el único testigo mudo era una misteriosa rosa bañada en rocío, como si de esa forma llorara, silenciosa, la partida de su compañera.

Ahora  la enigmática rosa está trasplantada en el jardín; altiva, desafiante, protectora... y es  que  resulta que no hace mucho, notaron un retoño de rosa, pequeñita ella, que crecía al pie de la madre. Es una rosa extraña, con unos almendrados pétalos sonrosados como la silvestre guayaba, salpicados  con  manchitas semejantes a pecas... Y la gente dice que esas rosas son María y su madre, que aún siguen juntas en la eternidad, más allá de la muerte, en un reino feliz. A la pequeña la llamaron «Pecosita», en honor a María; y a la  grande, le pusieron Flor de Mayo, para recordar a aquella madre abnegada y sacrificada que siempre protegió a su hija, incluso después de la muerte. Y es que las madres siempre lo dan todo, porque su  entrega desprendida y sincera  ha dispuesto que por siempre sus corazones sean hermosas y perfumadas rosas, que cobijen orgullosas con la dorada sombra de su amor, a sus retoños...  





«… a mi Madre Carmen G. y a todas las Madres del universo, este pequeño homenaje que en nada se compara con lo que en realidad se merecen…  Solo puedo decirles algo desde lo más profundo de mi corazón, en especial a ti, mamá: ¡Gracias…!»



Flor de Mayo - CC by-nc-nd 4.0 - A. Gaudionlux